domingo, 31 de agosto de 2014

Españoles en restaurantes




Como todo gremio humano, los españoles- o la gente que vive habitualmente España, que no es lo mismo que vivir en España- tenemos una serie de peculiaridades, costumbres, tradiciones o “tics” sociales que nos vamos contagiando y se establecen como normas de conducta. No hablo de ir a los toros – primero tiene que atraerte ver como un tipo vestido de brillantitos martiriza a un animal hasta matarlo - , ni del gusto por el folclore musical de cualquier región, ni de la siesta, ni del abuso indiscriminado de beber cerveza como sustituto del hábito al botijo.

Hablo de comportamientos que aquí, en este país, se han tomado por formas educadas de cortesía, y que en realidad no hacen más que perjudicarnos a nivel personal, además de dejarnos como auténticos palurdos ante quien nos está tomando el pelo,  ya sea autóctono o foráneo.

Clásico ejemplo: el español como consumidor en bares o restaurantes.

Entras en un local de comidas, da igual la categoría, la clase o la especialidad gastronómica que sea, y los españoles vamos dispuestos a sentirnos como invitados. Saludamos al camarero como a un colega, nos estudiamos la carta…, hasta ahí bien. Pero, llega el momento de la verdad,  y descubres qué contiene tu plato, realmente, cuando lo tienes delante. Si el menú señalaba entre los segundos platos, un suponer, “bacalao con setas del bosque”, ya es suficiente confiar en que las setas serán del bosque y no que su último destino conocido haya sido una conservera; al menos, personalmente, espero como mínimo que sepan a setas, que acompañen a bacalao y que contengan la suficiente cantidad de ambos productos como para distinguir lo que son. Pero pueden producirse las siguientes situaciones, entre otras:



1-      El bacalao parece bacalao, pero las setas deben haberse esfumado  dejando atrás a un par de tontas o de enfermas que no pudieron huir.
2-      Ves las setas, pero no saben a setas. Ves el bacalao, pero no sabe a bacalao. Sabes lo que has pedido pero no lo que te vas a comer.
3-      No ves el bacalao ni las setas, no sabe ni a bacalao ni a setas. En tu plato reposa algo parecido a un trozo de pescado pringado de una salsa extraña con tropezones grises.



Vale, llega el momento al que me refiero, donde nos diferenciaremos del resto de nacionalidades clientelares.

Cualquier persona sensata que va a comer a un restaurant pensando en disfrutar de algo cocinado, de algo que le apetece comer, de algo que sabe lo que es y por lo que va a pagar su buen dinerito- a menudo, excesivo, pero entregado con gusto, oye-, ante uno de los supuestos anteriores, llama al camarero y expone educadamente  lo que ocurre ¡Que no te lo estás inventando, que has pedido lo que ellos ofrecen en su carta de menú, que no te invitan!... Bueno, reclamado el derecho, por lo menos a una explicación, puede que se limiten a cambiarte el plato y traer algo más parecido a lo que esperas,  o que lo sustituyan por otra cosa que te apetezca más o, al menos,  que escuchen amablemente tu queja, pidan disculpas, lo descuenten de tu nota y se callen la boca. 
En España no es así, básica y primeramente porque los españoles no devolvemos nada, no nos disgusta nada aunque nos muramos del asco o la decepción, somos tan “educados” que tragamos - literalmente- lo que nos han dado, porque “ya que lo hemos pedido”, “esa comida será así” o “con no volver, arreglado”.

¡Por San Alberto Chicote y Saint Gordon Ramsay, que somos los clientes, ahora, en ese momento, que tenemos derechos, que no pasa nada por exigirlos!

Un español, en un bar o restaurante, se come lo que pongan en su plato aunque no se parezca ni de lejos al producto alimenticio solicitado. Un español, se queja por lo bajini  de la “mierda de bazofia” que le han servido,  de forma que puedan oírlo sus acompañantes de mesa pero, eso sí, con cuidado de que no se percate el personal del local, no vayan a ofenderse o tomarle por un quejica. Un español aguanta el tipo como si no pasara nada, se come - o lo hace ver-  un primer y/o segundo plato mediocre o repugnante, ataca con el postre – sea como sea, que a esas alturas ya de igual- y, si se tercia, cumple con el café y la copita de resopón.

Si el metre, el camarero o el dueño de turno se acercan a pedir nuestra complacencia, la tendrá. Aunque el plato esté intocado porque nuestro estómago reacio se ha puesto terco, diremos que “todo muy bueno, gracias” o “es que no tengo mucho apetito, pero bien”. Cualquier cosa menos decirle al responsable que te sientes estafado, que eso tenía mala pinta o que cocinan como el culo, con perdón. Y, después, pagar religiosamente y dejar propina, por lo que puedan pensar.

A todo tirar, los españolitos más críticos o más gourmets, despotricarán del restaurante en cuestión en su blog o en las redes sociales internáuticas, en cuanto pisen la calle.

Vale, para que no me digáis que no predico con el ejemplo, confieso que soy de las excepciones - que no excepcionales- que solicitan cambio de vaso sucio por vaso limpio, hago retirar platos horribilis y me enfrento a camareros desdeñosos y dueños contrariados, si hace falta. Eso siempre que mis acompañantes no me monten la escenita disuasoria de “no vale la pena, por una vez que venimos”, “no llames la atención, que nos miran los de la mesa de al lado” o  “pídete otra cosa y ya está”…, pagando yo ambos platos, claro. También he tenido que hacerlo y me sienta tan mal como que me sirvan una bazofia. Así que reclamo, con toda discreción y cortesía posible, pero reclamo.

Y, por mi experiencia, ningún problema cuanto más cosmopolita o internacional es el sitio. Las caras agrias y los respondones, en los  sitios más cutres o provincianos. La peor reacción, en un restaurante – cutre-  de Madrid donde, en lugar de la paella anunciada, me sirvieron puré de arroz pasado y frío… ¡y el camarero insistiendo en que la acababan de sacar del fuego y en que era paella, claro! Oiga usted, si voy a pagarle con dinero de verdad, no me discuta lo obvio y menos lo que me tiene que gustar. Pues eso.

Lo que más me enerva son las caras de circunstancias alrededor, en la propia mesa y en las vecinales. Te miran como dándote la razón pero con cara de “vaya jardín, amiga”. Los ojos de todo el mundo vuelven al plato que tienen delante, en cuanto el desairado interlocutor al que te enfrentas mira en torno buscando complicidad. Y siguen comiéndose la misma porquería que tú estás rechazando. Bueno, no sé quién lo tiene peor, si yo o los demás, colegas.

Eso sí, si el español come en casa o gratis, invitado por alguien de confianza, se queja libremente de cualquier minucia que no le cuadre. Si quien cocina es la madre, la pareja o algún allegado, no se corta un pelo aunque le haya visto cocinando con todo esmero, y se queda tan pancho. Y ahora toca decir aquello de “somos así”. Pues, hay cosas que tendríamos que dejar de ser, paisanos y paisanas.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Somos "nadie"


Los ciudadanos, para los gobiernos, nos hemos convertido en “nadie”. No es que no seamos nadie, sino que “somos nadie”. Basta imaginarse las directrices recibidas en una reunión de ministros, o en cualquier gabinete ministerial: “Que nadie traspase nuestras fronteras ilegalmente”, “que nadie cobre más de X euros”, “nadie debe escaparse de pagar los impuestos”, “que nadie tenga derecho a protestar por tal o cuál”…
”Nadie” no tiene cara, ni edad, ni sentimientos; es nadie, es rotundo y, no es nada personal, amigos…Es que nadie debe escaparse a sus decretos, y es más fácil ordenar injusticias o ponerlas en práctica pensando en que nadie las eluda, que pensando en los millones de “alguien” a quienes se les hace el daño consciente de la represión. Nadie, para “ellos”, somos nosotros; los ciudadanos, los de aquí y los de afuera, los que les sirven de pagadores de deudas, los que saltan sus vallas con cuchillas o repelen a disparos en el mar, los que exprimen a fuerza de encarecerles el sustento y de dejarles sin recursos suficientes y necesarios.

¿Qué importa quitarle derechos a nadie, dejar que nadie se muera sin atención, que nadie reciba ayuda ni consiga trabajo, ni disponga de justicia? ¿Qué importa la educación de nadie? Nadie es nadie, y somos el pueblo. Nos llaman nadie, para “cosificarnos”, convertirnos en objetos a controlar, para sentirse mejor, para que no escapemos.

Y, paradójicamente, si aceptamos ser ese “nadie” como nombre propio, la cosa queda en que Nadie protesta, Nadie exige, Nadie no quiere ser expoliado, esclavizado y excluido. Nadie, somos Nadie.  Somos Nadie, y solo importan “ellos”…Deberíamos cambiarnos el nombre.

domingo, 9 de junio de 2013

Joyas en la red





 ""Hay dos maneras de difundir la luz... ser la lámpara que la emite, o el espejo que la refleja." - Lin Yutang

En este mundo convulso y convulsionado, en el que ya parece colapsada nuestra capacidad de sorpresa  y de admiración (y no digamos la de asombro), son escasas las oportunidades de sentir que hemos topado con algo especial, que hay gente excepcional, que existen aún los sabios auténticos, natos y sin academia. Pequeños rasgos de las personas que aparecen como tirando del hilo, poco a poco, y te dejan con la boca abierta, te devuelven la certeza y la fe en la grandeza humana, llegan como un soplo intenso de aire fresco..,  aún saliendo del dolor, la decepción o  el inconformismo social. Y es que, ¿qué son los filósofos sino los pensadores que nos hacen recapacitar en lo que de ordinario no queremos ver? ¿Qué son, sino los que desvelan la verdad  (la suya y quizás la nuestra) oculta bajo la superficialidad más frívola y aparentemente inocua?

  
Internet, ese súper invento que nos libera y nos esclaviza al mismo tiempo, sin el que no sabríamos vivir ya, ni muchos de vosotros y nosotras podríamos trabajar, me ha traído hoy un regalo que pocas veces prodiga. No digo que cada día no puedan descubrirse cosas insólitas, hermosas o admirables, pero me sigue pudiendo la hermosura y la sencillez, cándida aún siendo dura, de la sincera sabiduría interna de las personas. Y eso me ha pasado con estos dos amigos, conocidos de letras y navegaciones internáuticas,  maduros expertos de cuando las palabras solo viajaban en papel, que aún tienen, aunque desganada, un poco oculta como por vergüenza al desfase,  la habilidad de decir cosas intensas que dejan mudo al chascarrillo, al comentario ocioso y al halago fácil.


Roberto y Pepe, Pepe y Roberto, dos personas a quienes apenas conozco y que son capaces de volcar tanta autenticidad y trasfondo en una simple conversación. Con su permiso (esperando no se arrepientan de habérmelo otorgado) transcribo estas dos joyas en la red:



Pepe: Cuando consideramos que no somos nadie o nada, lo que nos queda es parecernos a alguien. Qué pena esta sociedad en la que es más importante parecer que ser.


 Roberto: Es verdad, José Luis, la pregunta es muy simple ¿qué pasa cuando la careta cae, y vemos lo que hemos amado, tal cual es?, ¿No queda una sensación de....estafa? Hemos sido engañados por las apariencias, y, lamentablemente en algún momento las apariencias caen al suelo y nos encontramos que hemos amado una apariencia, y no hemos podido leer en los ojos de la amada, la verdad del corazón.


Pepe: Roberto,...je, je...con Pepe es suficiente. Como bien dices, es una gran estafa y de consecuencias muy graves, mucho más que las preferentes o políticos títeres. Las personas que quieren disimular sus "defectos", edad, posición social, etc...., algún día tropiezan con la realidad y entonces se dan cuenta de que no se tienen ni a sí mismos, y debe ser muy duro acabar sus días sin saber quien son.


Y una piensa en tanta gente con el amor propio disfrazado de cosmético, de vestido de moda, de pura apariencia… Y a una le suena lo de amar a un idealizado, a un ser que jamás se ha mostrado y al que una misma le ha colocado la careta del amor perfecto, leal, comprensivo; y que resulta ser otra persona que la que quisimos ver…Y, con la réplica de Pepe, ves después que hay algo peor que descubrir esa verdad del auto engaño: vivir en él, dejarse amar sin haber amado, creer en el poder de la materialidad, para acabar descubriendo, tarde ya, que no has vivido, solo has sido un reflejo indiferente y ajeno.


Así que, me siento afortunada, después de leer a Roberto y Pepe, Pepe y Roberto. Por mostrarme que no me equivoco en no perder tanto tiempo en ponerme máscaras como escuchando a mi intuición, descubriéndome a mí misma y descubriendo a gente maravillosamente excepcional en su sencillez, como vosotros.  Contenta, Roberto, por constatar en tus palabras que, amar, aunque sea a alguien a quien has idealizado, es mejor que ser amado por lo que no llegas a ser. Al menos amas; cosa que el otro (o la otra en tu caso; pongamos que hablamos de ti) jamás supo hacer, ni disfrutar. Y no hay que sentirse estafado por la vida, ni engañado por esa persona, fuimos nosotros mismos los que imaginamos una perfección que no existía ¿Y qué?, ¡buena fortuna,  si entonces sirvió para sentir el amor!


Ya aprendimos, ya nos escuchamos, ¿qué queda? Nada más y nada menos que el conocimiento de lo fácil que es dejarse engañar por las apariencias agradables, cuando no son más que apariencia. No nos dejemos engañar tampoco por las apariencias desagradables, ni derrotar por la decepción o la amargura. 

Si la vida es una lección, aprendamos. Gracias a los dos por enseñarme algo más.


lunes, 1 de abril de 2013

Las chicas malas del cine






Me da por observar ( que no mirar) a esos personajes femeninos que el cine de todas las épocas nos ha ofrecido como prototipos de mujer deseable, fatal y, a la vez, ejemplos constantes de lo malísimas que podemos llegar a ser y lo muy vulnerables que son los hombres (aunque sean “protas”) ante nuestros efímeros encantos.

Las diosas de la gran pantalla son, en su mayoría,  de esa especie que justifica para ellos el deseo inmediato de las hembras y el repudio  desdeñoso que se merecen por frías, calculadoras, virulentas y crueles.  Pero, ¿eran así en realidad, esos personajes de mujeres, o fueron producto de su época? ¿Se mereció Gilda recibir malos tratos? ¿Era tan “enloquecedora” Marilyn? ¿Qué tienen que ver con las “chicas malas” del cine actual? ¿Y con las mujeres reales?



Gilda, o Rita Hayword

Creo que aún no tenía uso de razón para entender lo que se tiene por bueno y malo, y menos aún en el terreno erótico-sentimental, y ya jugaba yo a recrear la famosa escena del guante de Gilda, una película que ya entonces era antigua y que mi madre no se cansaba de explicarme cual cuento para adultos reciclado. Y es que la belleza de Gilda – mejor dicho, de Rita- encandila a hombres y mujeres (incluso a niñas), por causas bien distintas o quizás no tanto.

Gilda, al contrario que la Lolita de Nabokov (ya hablaremos de mi tocaya, que me la tienen muy distorsionada, a la pobre) no es ni aparenta ser ninguna ingenua, no juega al ambiguo juego de “mosquita muerta” de las mujeres de su época, no engaña más que a los que se quieren dejar engañar- o culparla de haber sido engañados- que son todos los hombres que se ponen a su paso. Gilda, adulta, pícara, provocadora y magníficamente sensual, es un anzuelo perfecto que, en realidad, se convierte en el pez capturado que se revuelve ante su captor. En la historia de Gilda, ha sido siempre la víctima propiciatoria para ser utilizada y, cuando quiere dejar de ser el pez,  la transforman en el malvado gancho destroza corazones que crea rencores apasionados. Gilda solo quiere sobrevivir, a ser posible vivir;  y para ello utiliza lo que ha aprendido: que las mujeres son un reclamo sexual, que solo así te dan lo que deseas, que ningún otro valor intelectual o espiritual le será reconocido ni tiene tanta fuerza, en un mundo patriarcal y misógino, como el magnetismo erótico de su belleza externa.

Pero, ¡ah!, Gilda no es tonta y está ya muy escamada. No cae en romanticismos trasnochados, aunque también los utilice para sus fines. Gilda quiere vivir consigo misma, tener lo suficiente para ser ella misma, no depender ni dejarse manejar como un auto deportivo…Y eso no se le perdona, de ninguna de las maneras.

Solo un dato: Johnny (Glenn Ford) le propina una sonora bofetada; ella le da dos. La llamaron malvada por esa respuesta. Juzguen ustedes.




Por siempre Marilyn, el mito femenino del ideal masculino

Marilyn Monroe no tiene una sola película en la que su personaje sea destacable. Es siempre el mismo, perpetuado cinta tras cinta: Indómita aunque ingenua,  perfecta en su imperfección, cándida aunque arrolladora. Es la tontita preciosa que ellos siempre soñaron y soñarán, porque les han enseñado que las mujeres así son lo mejor para que un hombre lo pase bien, se luzca ante los amigos y no tenga problemas doméstico-sentimentales. Marilyn no reclama atenciones más que cuando quieren dárselas; Marilyn está siempre ahí, enloquecedoramente sexy y bonita; Marilyn es un trofeo glorioso, sumiso y bobo.

Marilyn, dicen, no era Norma Jean. Norma Jean buscaba amor, del bueno, del respetuoso, del libre, del que valora a las personas aunque sean mujeres, desesperadamente.

Y, si para eso tenía que aparentar lo que le decían, hacer lo que se esperaba de ella o reinventarse distinta, lo hacía. En la pantalla y fuera de ella, como fue el caso.

Creó escuela, y hay montones de mujeres que la han emulado en sus vidas reales. Lo que no tengo tan claro es si nos ha hecho un favor a las mujeres, contagiando ese comportamiento. A ella no le funcionó muy bien, en lo personal; creo que a las demás, a la larga, tampoco.



La señorita Shug, de “El Color Púrpura”

¿A que no os esperabais este personaje?... ¿Sabéis cuál es?...Pues es mi favorito de la película de Spielberg y de la novela de Alice Walker (que ganó el Pulitzer con esta obra).

Es ese personaje a ratos odioso, impertinente, frívolo, prepotente;  y a ratos tierno, compasivo, heroico y mediador. Shug (señorita Shug) es la antítesis (aparente) de la sumisa, apaleada, ignorante y acomplejada Cellie (Woopie Woldberg). Shug, para Cellie, es la amante de su marido y también su liberadora (la de ella), porque es la primera persona que la hace feliz y le devuelve un poco de su dignidad perdida ¡Casi nada!

Pero, ¿cómo es Shug o, mejor dicho, quién es Shug? Pues es una desvergonzada de tomo y lomo, para empezar. Es decir, es una mujer que se ha hecho a sí misma, con lo que tenía a mano; que ha pasado de convencionalismos sociales, que toma para sí lo mejor de cada día, que intenta superar un pasado que aún la hiere. Pero Shug, herida, desengañada del amor, calculadora y fría con los hombres cual Gilda afroamericana, es capaz también de compadecerse del sufrimiento ajeno, de ver más allá del dolor y la mediocridad de los demás y descubrir a la persona aprisionada bajo pesadas capas de miedo y vejación. 

Vale, Shug es bisexual, pero el sexo no es su objetivo, como en los hombres, sino un aditamento de la vida más.

Shug entrega, además de recibir, porque anhela redimirse ante los ojos de su padre, al que idolatraba de niña, pero que la asfixiaba en una existencia coartada y servil como a las demás mujeres de su época y su entorno social.
Pero Shug se demuestra a sí misma que puede con ese rechazo paterno y con más, reforzada por ese dar a los demás lo que necesitan: alegría, dignidad, valor, reconocimiento, amistad. Y es entonces cuando es recompensada por la vida: cuando es totalmente ella misma.

“Hermana, tengo noticias para ti: soy especial; ojalá tú sepas que lo eres también”, dice en su maravilloso blues “Sister”.

Esas humanas “chicas malas”

Éste ha sido mi análisis - personal, claro está- aunque podría decir mucho más de cada uno de esos perfiles, ficticios o reales, pero de mujer. Son estereotipos creados para dar una impresión, pero que han tomado vida propia, incluso contra la voluntad de sus creadores muchas veces. Ellas, las “chicas malas”, no son malas, ni buenas, ni simples, ni débiles, ni manejables. Son humanas; y como humanas son complejas en sus caracteres, comportamientos y forma de ver la vida. Tienen sus luces y sus sombras, como todas nosotras que somos de carne y hueso, como todos los hombres que las han idolatrado y las idolatran, al tiempo que las llaman “malas mujeres” o “mujeres fatales”, como les reprochó en tiempos más lejanos Sor Juana Inés de la Cruz. No desean ser adoradas, ni deseadas, ni fastidiar a nadie;  en realidad, solo quieren ser queridas y valoradas…, más allá de sus bonitos cascarones.

Me falta añadir qué tienen en común con las chicas malas que nos muestra el cine más reciente o actual: a mi juicio, nada. Y pienso que es porque las mujeres actuales no tienen excusa para ser “fatales”; pueden ser mujeres-persona, hacerse respetar sin pasar por el aro del halago al varón, competir por lo que desean sin un Pigmalión que las proteja, las apadrine o las enseñe.

Por eso, las mujeres del cine que llaman la atención de los hombres, no son más que floreros sexuales con pistola o brujas desaprensivas pero bellas. Las poco atractivas, en las “pelis” de hoy en día, suele pretenderse que sean lo que no hay que ser, pasando supinamente de sus intelectos, dulces caracteres o valores éticos o morales…., que ni se perfilan; por eso apenas tienen papeles o son de mala, malísima y secundaria, como el de la película “Por la cara”, de reciente estreno.  Pero podemos hablar de ellas en otra ocasión, como de Lolita…Hermanas.